La madrugada cayó sobre él como un golpe seco. Alejandro abrió los ojos de repente, sin saber qué lo había despertado. La habitación estaba envuelta en una penumbra azulada, apenas iluminada por el resplandor lejano de las luces de las farolas del exterior que se filtraba por las cortinas. El silencio era tan denso que podía escuchar el propio latido de su corazón.
Se incorporó despacio, cuidando de no despertarla. Isabel dormía a su lado, recostada de medio lado, con una pierna apenas cubierta