Tres matones jugaban a las cartas dentro del taller de reparaciones abandonado en lo que el resto montaba guardia afuera. Caminando de un lado para otro.
Aiko entornó los ojos, intentando descifrar a qué pandilla pertenecían esos hombres.
La tenían atada de pies a manos a una silla y amordazada.Intentaba respirar profundamente por la boca, porque si lo hacía sucumbiría al pánico.
Habían pasado veinte y cuatro horas desde que la habían secuestrado, y sin embargo aún no contactaban con Hiros