Diez años más tarde, Hiro disfrutaba de las vistas metido en la piscina de su mansión, situada en un punto estratégico, era una maravilla aprovechar esa hermosa tarde de verano para relajarse. La piscina tenía un borde invisible que hacía que pareciera infinita, extendiéndose hasta el horizonte.
Sabía que se habían ganado a pulso su felicidad.
Después de varios aniversarios en Fiji, Aiko y él habían pasado años comprobando la fortaleza de su relación, aprendiendo a confiar en el otro y crecien