Esa noche me costó conciliar el sueño. Aunque fueron pocas las veces que dormí a su lado, me había acostumbrado a su calor, a esa sensación de tenerlo cerca. Lo necesitaba. Además, mi cuerpo parecía traicionarme; las hormonas me tenían al borde, como si un nudo duro y creciente se alojara cada día más profundo en mi garganta.
Por la mañana, me sorprendió no encontrarlo en la sala de estar. Caminé hacia la cocina y, en lugar de él, me topé con Gloríe, que preparaba el desayuno con su eficiencia h