Siento que la presión arterial se me baja en el momento en que vemos que dos autos nos encierran. Mi corazón late con fuerza y mi mente se llena de pensamientos de pánico.
—Vamos a morir —dice Alisa, su voz llena de desesperación.
Me vuelvo hacia ella y veo el miedo en sus ojos.
—No digas eso —le respondo, tratando de mantener la calma—. Tenemos que tener fe.
Alisa me mira con una expresión de duda y lágrimas en los ojos.
—¿Cómo vas a estar tan segura? —pregunta.
—Porque no podemos rendirnos —l