129. LA REENCARNACIÓN
ÁRNYÉK:
Papá suspiró con dureza. Aquel movimiento agresivo de su pecho dejó escapar el peso de siglos de secretos y rivalidades intrincadas que nunca había compartido conmigo. Me miró por un instante y luego dirigió su mirada hacia Sol, tan luminosos y llenos de amor que, por un segundo, pareció dudar. Lo conocía lo suficiente como para entender que lo que estaba a punto de revelar podría cambiarlo todo.
—No sé cuál de ellos es —contestó papá—. Pero solo un Dios pudo soltar a los demonios Amenakah y Asmodeo.
—¡Con más razón debemos irnos con ellos! —se apresuró a decir mamá, la princesa Aloqua.
—¡Querida! Si nos lanzamos al fuego perpetuo de los dioses, reencarnaremos también en bebés y no podremos cuidarlos. —Se opuso papá con vehemencia.
—Oh, no sabía eso —dijo mamá, bajando la cabeza.
Moloc frunció el entrecejo, con la mirada roja fija en papá. Un gruñido seco salió de su garganta; la furia estaba a punto de desbordarse dentro de él. Sus llamas danzaban alrededor de su forma e