Deja la botella a un lado y se apoya en el borde de su escritorio, mirándome. Con él ahí sentado, tan alto y formidable, me imagino entre sus muslos, con sus manos en mi rostro, acercándome. Me sonrojo. Dios mío, no debería estar fantaseando así ahora.
Suspiro y doy un buen trago. Probablemente no sea la mejor opción, pero los nervios me la piden a gritos. —Si es la única opción, sí—.
Sus ojos recorren mi rostro con curiosidad. Tengo la sensación de que está analizando cada aspecto de mi vida, o tal vez solo le da vueltas a lo fácil que sería cederle mi sueldo completo para el resto de mi vida.
—¿Puedo proponerte una alternativa a que me pagues y vivas como un siervo durante los próximos diez años?
Él asiente. —Uno que no te haga vivir con lo justo.
Una sensación de inquietud me aprieta el estómago mientras mi imaginación se lanza a intercambios más oscuros e íntimos. Pero por la forma en que Anatoly me observa, con expresión serena, no hay indicios inmediatos de chantaje ni perversid