CAPÍTULO 8

Deja la botella a un lado y se apoya en el borde de su escritorio, mirándome. Con él ahí sentado, tan alto y formidable, me imagino entre sus muslos, con sus manos en mi rostro, acercándome. Me sonrojo. Dios mío, no debería estar fantaseando así ahora.

Suspiro y doy un buen trago. Probablemente no sea la mejor opción, pero los nervios me la piden a gritos. —Si es la única opción, sí—.

Sus ojos recorren mi rostro con curiosidad. Tengo la sensación de que está analizando cada aspecto de mi vida,
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