Guardamos nuestras armas y nos acercamos a la puerta principal. Sasha y yo nos movemos con naturalidad. Llamo dos veces y, al cabo de un momento, Daniil abre. Sus ojos brillan de reconocimiento al vernos. Se pone rígido, palideciendo.
—¿Qué es esto?—, pregunta con la voz tensa por el miedo. Nos mira fijamente, sabiendo ya lo que se avecinaba.
Su expresión se desmorona por completo. «Ya no estoy en esa vida. Tengo una familia. Por favor».
Levanto las manos, con las palmas hacia arriba, intentand