Guardamos nuestras armas y nos acercamos a la puerta principal. Sasha y yo nos movemos con naturalidad. Llamo dos veces y, al cabo de un momento, Daniil abre. Sus ojos brillan de reconocimiento al vernos. Se pone rígido, palideciendo.
—¿Qué es esto?—, pregunta con la voz tensa por el miedo. Nos mira fijamente, sabiendo ya lo que se avecinaba.
Su expresión se desmorona por completo. «Ya no estoy en esa vida. Tengo una familia. Por favor».
Levanto las manos, con las palmas hacia arriba, intentando mantener la calma. —No estamos aquí para nada de eso. Solo queremos charlar—.
La esposa de Daniil aparece con la preocupación grabada en el rostro. —¿Qué pasa?—, pregunta, mirándonos con cautela, como si fuéramos a sacar armas en cualquier momento.
Daniil se vuelve hacia su esposa. —Todo bien. Solo vigila a los niños—.
Ella duda, con la mano aún en la puerta. —¿Debería llamar...?—
—No —la interrumpe bruscamente—. Es solo una charla.
Daniil se sienta rígido en el porche, con las manos apretadas