Melor
—Suelta el arma, ahora mismo.—
La voz del hombre es temblorosa, pero intenta sonar autoritaria. Mis ojos están fijos en él y en Amelia, a quien usa como escudo humano. No sé el nombre de este hombre, ni el de aquel cuya sangre aún se acumula en el suelo de mi cocina. No importa. Cometieron el error de entrar en mi casa y amenazarme, y peor aún, de amenazarla a ella.
Puedo ver la desesperación invadiendo los ojos del hombre, la lenta comprensión de que las cosas no están saliendo según lo