Pero cada segundo que ella está ahí afuera, en silencio, se siente como si un alambre se apretara alrededor de mi garganta.
Mis neumáticos chirrían al girar bruscamente hacia el camino privado que lleva al Hospitium. El aparcacoches se sobresalta cuando le tiro las llaves, pero no miro atrás. Mis pasos retumban por el vestíbulo de mármol, hacia el ascensor exprés al que solo dos personas en este hotel tienen acceso.
Las puertas se abren en el piso sesenta y uno.
Es completamente hueco.
Queda un