La palabra sale de sus labios con la suavidad de la seda. Pero es evidente que, si bien su voz dice una cosa, sus ojos dicen otra.
Me doy cuenta de que no se cree mi mentira de que lo vamos a dejar atrás, ni por un segundo. Mi postura es rígida, hombros rectos, brazos cruzados. «Entonces hemos terminado».
Otra leve sonrisa burlona, de esas que dicen —esto es solo el comienzo—, de esas que me dan ganas de besarlo y sacarle los ojos a partes iguales.
Su tono es bajo, mesurado, como si todo esto