Me recuesto y él se cierne sobre mí, sus poderosos músculos se tensan y se contraen con cada embestida. Con una mano, me agarra las muñecas y las mantiene juntas sobre mi cabeza, con un agarre firme como el acero. La otra permanece sobre mi clítoris, sus dedos resbaladizos por mi humedad, rodeándolo y presionándolo como necesito.
—Por favor —gimo—. Sasha, Dios mío.
—Pídelo.— Es una exigencia, no hay negociación. Disminuye la velocidad de sus embestidas a un ritmo lento y tortuoso, llevándome al