El inesperado sonido del teléfono me sacó del trance en el que Piper me había sumido. Me aparté, y ella hizo lo mismo, con una expresión de confusión en el rostro.
—¿Eres tú? —pregunté.
Negó con la cabeza. —Estaba a punto de hacerte la misma pregunta. Sus ojos brillaron y miró por encima de mi hombro. Me giré para ver qué le había llamado la atención y enseguida me di cuenta de qué era: una sensación de malestar que me invadió el estómago.
La mampara que nos separaba de la parte delantera del c