Gime, y la vibración me da otra oleada de placer. Me muerdo el labio, conteniendo la respiración, y mis caderas se mueven al ritmo que él marca. Sabe exactamente lo que me hace. Cada movimiento y movimiento de su lengua, cada pausa, es intencional. Mete un dedo, curvándose en mi cálida humedad.
—Oh, Dios, Abram… —digo con voz ahogada, mientras mis caderas se sacuden contra su boca.
—Ven por mí —ordena, su voz profunda y áspera, vibrando deliciosamente contra mi coño.
Grito con fuerza mientras