Se frota la mandíbula con la mano, con una expresión divertida en sus ojos. —Tienes razón. Tendré que teletrabajar—.
Me detengo, sorprendida. —¿De casa?—
—Sí. Es tranquilo. Seguro. Y tengo muchas camisas ahí —añade con un guiño, y luego se inclina hacia delante, con las manos ligeramente entrelazadas—. Vendrás conmigo.
—Sí.—
El calor me recorre las venas y se me acelera el pulso. —¿Es apropiado?—
Se ríe entre dientes, con un sonido profundo y profundo que solo me acalora las mejillas. —Teniendo