Se encoge de hombros y baja la mirada mientras sigue arruinándose la blusa. —Bien. Pero es muy dulce, de verdad, cuánto te importa. Un hombre como tú podría tener a cualquiera, pero supongo que te has desesperado desde nuestro divorcio—.
Me niego a responder al golpe y permanezco en silencio aunque la ira hierve bajo mi piel, apenas contenida.
—Vine aquí —continúa, poniéndose seria— porque quería decírtelo yo misma. No quería que te lo contara nadie más.
—¿Qué? Ya no tenemos nada que decirnos.