Jenna
—¿Estás seguro?—
Abram no se inmuta, no aparta la mirada. Sus manos se posan suavemente sobre mis hombros: cálidas, firmes, ancladas. Como todo en él, su tacto resulta extrañamente tranquilizador. Cargado de significado.
—Estoy seguro—, dice.
Solo dos palabras sencillas, pero se abren paso bajo mi piel como una llama ardiente. Sus manos derriten el miedo de mis músculos, dejándolos relajados y cálidos. Sin mencionar cómo se me revuelve el estómago solo de estar tan cerca de él. Sus dedos