CAPÍTULO 162

El hijo de mi otra hermana, Anya, Charles, de cuatro años y ya conspirando para dominar el mundo, está sentado a la mesa con una camiseta de la Patrulla Canina. Tiene un pequeño bocado de panqueque empapado en sirope entre los dedos. Justo cuando entro, se inclina y se lo mete a Lilia en la boca como si estuviera alimentando a un gatito.

—¡Tío Abram!— me llama en cuanto me ve.

Me agacho a su lado y le despeino los rizos. —¿Otra vez sobornando a tus primos para que me sean leales?—

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