Kat
—Deberías saberlo—, dice, —casi te arranco ese vestido en cuanto te vi con él—.
Me recorre un escalofrío y se me revuelve el estómago. —¿Y por qué no lo hiciste?—
Su mano se desliza por mi cintura, rozando con los dedos lo justo para excitarme antes de inclinarse, su aliento cálido en mi oído. Se aparta, recorriendo mi cuerpo con la mirada lenta, intencionada y posesivamente. —La única razón por la que no lo hice es porque te prometí una velada maravillosa—.
Debería tener cuidado. Debería e