—Debiste decírmelo. No me habría importado dejarlo todo por ti.
No solo me sentí destrozada y humillada, también demasiado avergonzada como para seguir presenciado esa escena de reconciliación. Así que en silenció tanteé la cerradura de la puerta detrás de mí.
Giré la perilla, ansiosa por salir corriendo de allí. Pero cuando los goznes de la puerta rechinaron al abrirse, el señor Riva al fin volteó a verme.
—No se te ocurra irte —me advirtió alejando la mano del rostro de Isabela—. No te tr