—Y no creas que no te considero humana, de hecho, he aprendido a pensar primero en ti antes que en nadie más —me dijo quitando mi mano de la perrilla.
Contuve en aliento, analizando su expresión tranquila y sus palabras. Aun no podía creer que le estuviese dando la espalda a la mujer que había amado por más de 15 años y, más que nada, elegirme a mí.
—Mi señor...
—¡No lo llames así, zorra barata! —exclamó Isabela, levantándose del suelo y limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. É