El silencio quedó roto solo por sus respiraciones. Maelik lo cubrió de besos torpes, mientras Raven intentaba reprimir el llanto. El alfa, sin darse cuenta, acababa de marcarlo… y no había vuelta atrás.
Raven jadeaba, con los labios entreabiertos, los ojos vidriosos, el cuerpo arqueándose bajo cada embestida.
—Maelik… ya no… —suplicó con un hilo de voz, temblando entero—. No puedo más…
Pero el alfa lo sostenía con fiereza, mordiendo su cuello, marcado nuevamente para apasigüar el dolor, invad