El silencio de la habitación de su infancia resultaba abrumador. Mariana contemplaba el techo con la mirada perdida, trazando con los ojos las pequeñas grietas que siempre habían estado allí, como viejas amigas que la recibían después de una larga ausencia. Tres días habían pasado desde que abandonó la mansión De la Vega, tres días que se sentían como una eternidad.
La luz del amanecer se filtraba tímidamente por las cortinas, dibujando patrones dorados sobre la colcha. Mariana se incorporó len