Anna llegó a su casa con el alma rota, incapaz de contener la tormenta emocional que la consumía.
Las lágrimas ya no eran suficientes para liberar el dolor que la asfixiaba. Se encerró en su habitación, cerrando la puerta con un golpe sordo, como si intentara alejarse de un mundo que ahora le parecía cruel e incomprensible.
Se desplomó sobre la cama boca abajo, abrazando con desesperación la almohada, como si fuera su única salvación en ese mar de sufrimiento.
Su corazón se desbordaba en lla