Mientras tanto, la señora Petrova estaba en una de sus boutiques favoritas, rodeada de lujo y opulencia, eligiendo un atuendo digno de la fiesta de empresarios a la que había sido invitada.
Su semblante, siempre impecable, se tensó al escuchar el timbre agudo de su teléfono.
Con suma elegancia, extrajo el aparato de su costoso bolso y observó la pantalla antes de fruncir el ceño con evidente disgusto.
—María, ¿qué quieres? —respondió con un tono gélido, apenas disimulando su fastidio.
—Suegra,