En un lujoso departamento que contrastaba con el modesto barrio, la señora Petrova se sentaba con una fría elegancia en un pequeño y recargado sofá. Cruzó las piernas con una sofisticación calculada y, con una mano, tomó una copa de vino, intentando ocultar la inquietud que palpitaba en su pecho.
—¿Cómo pudo ese idiota evadir a mis vigilantes? —murmuró mientras daba el primer sorbo, y su rostro se contrajo en una mueca de desagrado, casi cómica—. Lo barato sabe horrible —dejó la copa sobre una r