Frente a la mesa de las bebidas, María bebía una copa tras otra de champaña.
Cada burbujeo que descendía por su garganta parecía aliviar momentáneamente la vergüenza que la aplastaba.
Su mano temblaba ligeramente al sostener la copa, mientras su mente luchaba por comprender cómo todo había salido tan mal.
Frente a ella, su hermano, con el rostro rojo de furia, la enfrentaba sin piedad.
—¡Déjame en paz! —resolló María, tratando de no elevar demasiado la voz. Puesto que los invitados aún no se