María estaba tumbada en la cama, inmersa en el vacío de su soledad. Desde la cesárea, su recuperación había sido lenta y dolorosa; la infección no cedía, y con cada día que pasaba, se sentía más atrapada en esa habitación fría.
No había recibido visitas, de amigos, ni de familiares. Ni siquiera Mikhail había asomado su rostro.
En un intento desesperado por distraerse, deslizó el dedo por su teléfono, pero la pantalla repentinamente le mostró un mensaje que la hizo enfurecer: su cuenta había c