El restaurante Lumière era exactamente como Camila lo había descrito: elegante pero no pretencioso, con luces tenues que creaban una atmósfera íntima y acogedora. Las paredes de ladrillo visto contrastaban con los manteles blancos impecables y la cristalería que reflejaba la luz de las velas.
—Te dije que te encantaría —comentó Camila mientras nos acomodábamos en nuestra mesa—. Necesitabas esto, Sophie. Has estado demasiado tensa desde que firmaste ese contrato con Blackwell.
Sonreí sin ganas.