La pasión de los enamorados.
Emma ahogó un gemido, el ardiente beso de Rafael le calentó la piel... y algo más. Si él se lo pidiera se entregaría sin reservas de nuevo a sus brazos y a sus besos.
— Deja... Deja ya de besarme, por favor Rafael... No seas malo conmigo. — La pelirroja suplicaba al CEO que dejara de tocarla y de besarla.
Kui... kui... kui...
El pequeño cobayo se ponía intranquilo como si supiera que su dueña y madre estuviera a punto de ser cómoda por un feroz lobo.
— No voy a hacerte nada... Aquí.