CAPÍTULO 28. DECEPCIÓN.
Narrador.
A Miguel únicamente le faltaba jalarse del pelo. Con la pistola en la mano, pensaba bien su movimiento; incluso calculaba ir con Irina y golpearla por desvergonzada. Le carcomía la rabia al pensar que, de tantos hombres que existen, Irina tuvo que revolcarse justo con un peón.
Levantó su teléfono directo y llamó a sus mejores empleados de confianza, esos que estaban dispuestos a todo por dinero. Y aunque no tenía suficiente, ese préstamo que había solicitado al conglomerado Millán —el