Capítulo 34. Devuélveme la voz.
Maximiliano Delacroix
Salí de la sala con pasos largos y tensos. Mi respiración aún era un gruñido contenido, y la mandíbula me dolía de tanto apretarla. Amy me había sacado de quicio. Otra vez. Su terquedad, su miedo, esa forma en que se encogía delante de un instrumento como si fuera una víctima condenada a la derrota, me molestaba profundamente.
No soportaba verla así. No porque me diera lástima, sino porque me incendiaba la impotencia. Yo sabía lo que tenía dentro, el talento que ella misma