Capítulo 168. Cerrando heridas.
Adrián Soler
A veces uno vuelve a un lugar solo para comprobar que ya no pertenece allí. Eso sentí cuando crucé la verja de la casa que compartí por años con Amy y Mía.
El jardín seguía igual, con las buganvillas creciendo sin control y la terraza donde muchas veces las encontré mirando las estrellas.
Los meses que la casa había estado sola, había dejado sus huellas en todo: la pintura un poco desteñida, polvo en el suelo y ventanas. El portón que seguía chirriando como antes y, aun así, seguía