Capítulo 165. No hice nada.
Maximiliano Delacroix
El golpe no fue el de la almohada. Fue el de su voz.
“Ay, Dios…” pensé, apenas escuché las palabras que salieron de su boca.
—¿Me estás poniendo los cuernos? —me gritó, con esa mezcla de furia y desconsuelo que te parte el alma.
Al principio, no entendí. O mejor dicho, no quise entender. Me quedé quieto, con el corazón retumbando en el pecho, todavía medio dormido, mirando su rostro descompuesto, los ojos húmedos, el temblor en sus manos.
—¿Qué estás diciendo, Amy? —pregun