Miró el documento de divorcio, la firma de Damián resaltando como una herida abierta. Las palabras de Carla, aunque bien intencionadas, resonaban en sus oídos: "Debería pensarlo, señora Anderson". Pero ya no era la señora Anderson. Se sintió vacía, como si una parte de ella se hubiera desprendido para siempre.
Miguel, con su habitual seriedad, recogió el documento. —Bien, señora… Alice. Le informaré al señor Anderson que todo está en orden.
—Ahora, si no hay nada que le impida al señor Anderson