Ronan
—Lo siento, Liora.
Mi voz suena más baja de lo habitual. Contenida. Como si elevarla pudiera quebrar algo invisible pero frágil entre nosotros. Ella permanece sentada en la isla de la cocina, los hombros ligeramente encogidos, las manos quietas sobre la encimera. No levanta la mirada. No dice nada. Pero sé que me escucha. Siempre lo hace.
—No debí permitir que nadie descubriera dónde te alojabas.
Paso ambas manos por mi cabello y exhalo despacio, cargando el aire de una culpa que no deber