Ronan
—Lo siento, Liora.
Mi voz suena más baja de lo habitual. Contenida. Como si elevarla pudiera quebrar algo invisible pero frágil entre nosotros. Ella permanece sentada en la isla de la cocina, los hombros ligeramente encogidos, las manos quietas sobre la encimera. No levanta la mirada. No dice nada. Pero sé que me escucha. Siempre lo hace.
—No debí permitir que nadie descubriera dónde te alojabas.
Paso ambas manos por mi cabello y exhalo despacio, cargando el aire de una culpa que no debería existir… pero existe. Luego cierro los ojos y lanzo un enlace mental firme, autoritario, sin espacio para interpretaciones.
Nadie se acerca a estas habitaciones. Nadie. A menos que yo lo indique expresamente… y solo si Liora ha sido informada antes.
La respuesta de la manada llega de inmediato. Aprobación. Curiosidad contenida. Alguna sorpresa. No me importa. Mi mundo, ahora mismo, está reducido a la mujer sentada frente a mí.
Vuelvo a sentarme en la isla, apoyando los antebrazos sobre la sup