Respira, Ronan.
No la ahogues. No hoy.
Mi lobo ruge dentro del pecho como una hoguera sin control. Liora todavía huele a trauma antiguo, a encierro, a invierno. Y aun así... algo en ella despierta cada fibra de mi instinto. Es tan pequeña que mi sombra podría cubrirla entera, y eso me vuelve loco. Quiero envolverla, marcarla, asegurarme de que ningún mal vuelva a acercarse. Pero debo contenerme. Forzarla sería traicionar su supervivencia.
No la espantes.
No la cages de nuevo.
—No pienso obligarte a nada —murmuro, rozando con mis dedos el dorso de su mano. Ella tiembla, pero no se aparta. Eso vale oro—. Si algún día decides marcharte, no te cerraré las puertas. Tienes libertad… incluso si eso significa ir a otra manada.
La palabra libertad pesa como metal caliente.
Mi lobo gruñe, disgustado, como si yo acabara de traicionarlo.
Pero no puedo ser egoísta. No con ella.
Tomo el teléfono nuevo que Joseph dejó sobre la cama. Un modelo sencillo, blanco perlado; algo suave, no intimidante. Lio