Liora
Ronan alarga la mano hacia mí.
Grande. Cálida. Un poco temblorosa, como si él también estuviera conteniendo algo.
—Liora… —su voz baja vibra en mi pecho—. ¿Estás preparada?
Lo miro.
No sé si estoy preparada para nada en este mundo nuevo.
Pero sí sé esto:
Quiero intentarlo.
Pongo mi mano en la suya.
Él la envuelve con tanta suavidad que me sorprende. Como si mis dedos fueran un secreto frágil que teme romper.
Ronan se pone de pie y me guía hacia la salida de la enfermería. La puerta se abre, y entonces…
La luz.
Un sol tibio me golpea el rostro como un abrazo que había olvidado.
Cierro los ojos.
La brisa me mueve el cabello, suave, danzante. Huele a tierra húmeda, a hojas, a vida.
Escucho pájaros.
Pájaros.
Había olvidado cómo sonaba un bosque respirando.
Me aferro un poco más a la mano de Ronan.
Él lo nota.
—Tranquila, lobita —murmura—. Nadie te va a tocar. Nadie te va a mirar si no quieres.
Hacemos unos pasos y él, en su torpeza dulce, comete su primera imprudencia.
—¿Alguna vez