Mientras tanto, en el apartamento en la ciudad, Isabella llevaba horas caminando en círculos, con las manos temblorosas y los ojos cargados de lágrimas contenidas. La habitación en la que estaba encerrada era asfixiante, demasiado perfecta en su prisión.
No tenía ventanas, ni una rendija por donde entrara el aire fresco, solo cuatro paredes lisas que parecían cerrarse sobre ella. Había intentado, una y otra vez, comunicarse con sus padres a través del lazo mental, pero cada esfuerzo había ter