Luca respiró con dificultad, su pecho subía y bajaba a un ritmo irregular, pero sus ojos se abrieron con una furia ardiente. El dolor lo sacudía, sus costillas parecían fracturadas, y la visión se le nublaba con manchas rojas, pero dentro de él ardía una llama más fuerte que cualquier herida: la determinación de salvar a Mía.
Con un gruñido profundo, apoyó las manos en el suelo y se levantó tambaleando. El cuerpo le pesaba como plomo, cada músculo protestaba, pero sus piernas obedecieron.
Alzó