Guardamos silencio, no permitimos que los murmullos nos atormentaran y mantuvimos el estrecho abrazo, que arrancaba suspiros a los más cercanos. A los ojos de los espectadores, debíamos parecer un matrimonio apasionado, anhelantes de varias horas de intimidad, y aunque el rey se mostraba dispuesto, me rehusaba a ceder ante el deseo, para luego sentirme culpable y tonta, cuando volviera a humillarme.
Repentinamente, mi esposo me tomó de la mano y nos alejamos de la plataforma. Los astiles quisi