Hazel, Maya y Naya salieron de la empresa después de un largo día y se dirigieron al coche.
—Yo conduzco —dijo Hazel, lanzando las llaves al aire y atrapándolas con una sonrisa segura.
Maya y Naya intercambiaron una mirada escéptica, pero no discutieron. Sabían que era mejor no cuestionar las habilidades de Hazel al volante, que eran legendarias entre ellas.
Al salir del aparcamiento de la empresa, Hazel subió el volumen de la música y todas cantaron a coro, desahogándose después de un largo dí