Helena, al despertar, sintió que no descansó nada.
El íncubo había aparecido esa noche y había drenado sus últimas fuerzas.
Helena recordó cómo esas hábiles manos tocaron cada rincón de su cuerpo, el cómo esa boca la devoró por completo.
Todavía tenía la sensación de aquella cabeza enterrada entre sus piernas. Fue la primera vez que llegó al clímax sin usar sus propias manos.
―Soy tuyo. ―Su demonio le susurró al oído una y otra vez.
Helena retiró la cobija e inspeccionó su cuerpo. No había nada