— Gracias por todo lo que has hecho por mí —dije con la voz apenas contenida, la garganta apretada por la emoción.
— No tienes nada que agradecer, hija —respondió Esther con una suavidad que sólo tienen las mujeres que han visto demasiado y sobrevivido aún más.
— Claro que sí —insistí, dando un paso hacia ella—. Te has puesto en riesgo al venir hasta aquí, sólo para hacerme este favor. Lo sé. Y lo valoro.
Esther me miró con ternura, pero también con un destello de tristeza en los ojos. Sus arru