—¿Dónde has estado? Te llamé varias veces.
—Lo sé, estuve… ocupada.
—Me hacías falta.
—Lo sé, perdóname. Simplemente no podía verlo pasar de nuevo.
—¿La boda?
Amyra asintió, con la mirada fija en el suelo, como si las palabras le pesaran en la lengua.
—¿Es verdad que ella tampoco quería casarse?
Amyra se dejó caer en el sofá a mi lado. Apoyó la espalda contra el respaldo, cerró los ojos un instante y luego echó la cabeza hacia atrás, exhalando lentamente.
—Tu madre amaba su libertad —dijo con