Me trenzaron el pelo y me pusieron un largo vestido blanco de algodón. Lo ciñeron a mi cintura con una cinta blanca y me entregaron un ramillete de lirios y azucenas.
—Estás lista —dijo la vieja delgada, que lucía conmovida al mirarme frente al espejo.
Yo misma luchaba por encontrarme en el reflejo. Nunca fue mi sueño verme vestida de novia, pero las pocas veces que lo imaginé, jamás creí que sería por algo que no fuera amor.
De repente, la casa se volvió silenciosa. Las tres señoras que había