En el camino de vuelta, no pronuncié una sola palabra. El silencio se convirtió en mi escudo, mientras Darian, completamente ebrio, cantaba a todo pulmón desde el asiento trasero. Su voz arrastraba las notas, desafinadas y desordenadas, como si el alcohol hubiera enturbiado no solo su juicio, sino también su sentido del ritmo.
—¡Pon música, viejo! ¡Vamos, algo que se sienta! —gritaba una y otra vez, golpeando con la palma el respaldo del asiento del chófer.
El conductor no respondió ni una sol