Lobo Blanco ll.
Me incorporé, la respiración agitada, mientras la superficie brillaba con un resplandor imposible. Entonces la voz regresó, dulce y solemne:
—Con este acto, por fin has terminado tu tiempo de servicio hacia mí.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué…? —pregunté confundido—. ¿A qué te refieres?
El río susurró de nuevo, y sentí la vibración en mis huesos:
—El último Alfa Supremo ha tomado su lugar en el mundo. Ya no hay motivos para tener un guardián.
Las palabras me golpearon como un zarpazo invisi