Lobo Blanco capítulo XIX.
Mis patas golpeaban la tierra con urgencia, y el aire frío del bosque me abrió los pulmones como cuchillas. Corrí hacia el Norte, hacia el lugar que juré no volver a pisar, donde solo quedaban las cenizas de lo que una vez fue mi manada.
El humo ya no estaba, pero el olor persistía, impregnado en las piedras negras y en la tierra seca. Allí, en medio de las ruinas, el aire vibró, y la voz de la Gran Madre me envolvió como un trueno que nace de las nubes.
—Alderik. —me llamó con una fuerza q