Capítulo 152. Alderik.
No sentía el frío de la cueva.
Sabía que estaba allí, claro. La piedra siempre conservaba esa humedad antigua que se metía en los huesos, incluso en los de un lobo viejo como yo. Pero hacía mucho que el cuerpo había aprendido a ignorarla. O quizá era al revés: hacía mucho que yo había aprendido a ignorar al cuerpo.
Estaba de rodillas, con la espalda recta, frente al altar de la Gran Madre. La figura tallada en la roca era simple, casi primitiva, pero imponía respeto. No necesitaba adornos. Nunca los necesitó. Bastaba con saber que estaba allí, observando.
Rezaba.
Eso era lo que hacía todos los días desde hacía tres años.
Tres años desde que entendí que, si seguía al lado de Alina, no le estaba dando espacio para crecer. No le estaba dando la oportunidad de conocer a lobos de su edad, de equivocarse, de elegir sin que mi sombra estuviera siempre detrás.
Fue… la decisión más difícil que tomé en mi vida.
Aún podía recordar aquel día con una claridad que me molestaba.
Había robado —sí, ro