Capítulo 152. Alderik.

No sentía el frío de la cueva.

Sabía que estaba allí, claro. La piedra siempre conservaba esa humedad antigua que se metía en los huesos, incluso en los de un lobo viejo como yo. Pero hacía mucho que el cuerpo había aprendido a ignorarla. O quizá era al revés: hacía mucho que yo había aprendido a ignorar al cuerpo.

Estaba de rodillas, con la espalda recta, frente al altar de la Gran Madre. La figura tallada en la roca era simple, casi primitiva, pero imponía respeto. No necesitaba adornos. Nunc
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